lunes, 21 de septiembre de 2009

Loco por tí.

Era un día tenebroso, la ciudad no era la misma, la gente y sus autos me amenazaban y yo en total indefensión. La noche anterior caí en la trampa de la compulsión, nada tenía sentido, solamente pasaba aquello, una y otra vez, que estúpido nada útil resultó de ahí, ni siquiera un verso, solo la terrible frustración de no hallar lo que buscaba, la cruda confirmación que la gente es igual de vacía, de ignorante, de pedante, lo mismo en Mango Biche que en la Sexta, puros prejuicios y apariencias, tonta juventud así cambien de atuendos, temas y discursos. Esa noche creí que mis acompañantes me tirarían al vació o me golpearía, eran mis demonios mentales.

Llego a mi casa, después de dormir algunas horas en una silla Rimax, estaba asqueado, mi hogar era un calabozo que me encerraba en las cuatro paredes de mi alma insatisfecha, solo tenía una esperanza, una rosa entre miles de espinas, no quería resignarme, agachar mi cabeza, los revolucionarios jamás lo hacemos.

No tenía su teléfono, maldita sea, me conecto al Messenger y ahí estaba, la luz del túnel, tan cerca de dos clics, tan lejos de una caricia. No lo pienso dos veces, concreto una cita, me miro al espejo y me digo: “He aquí mis despojos" mi ingratitud con el cuerpo se manifestaba en dos grandes cráteres que bordeaban mis ojos y un rostro demacrado, mis manos temblaban, mi mente estaba molida, un niño me era amenazante, todo lo era, aún así volví a enfrentarme con la gran mole de cemento, la violenta urbe.

Creí que la lógica estaba de mi lado y algo de cordura recuperaría, de seguridad, esa que me guia, seguridad de animal, de hombre. Espero y espero, mi cabeza estaba desorientada, las neuronas confundidas, eran torpes, la cagué.

Empiezo a delirar, todo se ennegrece, tengo terror, miedo, asco, me invade el horror, pero que importa, ella estaba a mi lado, todo era oscuro, pero ella era el atardecer que me iluminaba sin rechazo, sin odiarme, me brindaba con cada instante la dulzura del rojo cielo, su voz.
Caminamos, pensé, que imbécil, que desgraciado, me sentí como un humorista, pero de los malos, los que dan vergüenza ajena y lástima así los veamos por televisión, pero que importa, ella estaba a mi lado. Su frase fue exacta, certera, lapidaria, “Usted está amurado”. Que espectáculo tan infantil le había ofrecido, te pido disculpas. Pero estabas conmigo.

Cerrando el telón, nos besamos, cuando mis labios tocaron los tuyos, fue fulminante, que rush, que descarga, me embriagó la paz, la belleza, los demonios quedaron desintegrados, mis pies pisaban el algodón, mi mente era hermosa.
Que basura el viernes, la rumba, el tiempo, los deseos, que poco pesan cosas tan vanas y fútiles. Lo que pesa una hoja de papel no es nada comparado con lo que pesa la magna codillera andina de tus besos.

Es noche dormí sabiendo que dejaba atrás muchas cosas, que me desprendía de pesados fardos, esperas, ilusiones, prejuicios y convenciones hipócritas. Ahora me entrego cuerpo y alma a la felicidad, a buscarte así me digas intenso, en verte y escucharte así me digas espectador, a hablarte así me digas bobo y a besarte, porque es tan legítimo mi fin, que lo demás carece de valor alguno.

Gracias por enseñarme a enloquecer, que locura tan exquisita, así me rechaces o no sé cuantas cosas, la locura ya me hizo su víctima y esa no tiene cura.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Grande parcero, no dejo de admirarlo!!!

Verónica Franco Ortegón dijo...

Mauro !! que intensidad la de esta historia.. que lindos sentimientos los que afloran con esas palabras.

lo de la cordillera !! genial !!!! genial !!!..

cada vez admiro mas su capacidad !!

se cuida mucho.